Cortos

El momento en que empecé a odiarme

Pasó cuando tenía 8 años.

Después de comer 10 galletas de chocolate con crema de menta, me paré de la escalera del patio de mis abuelos y supe, en ese instante, que había empezado una relación tóxica con la comida.

Unas semanas después la balanza marcaba mis 37 kilos. La imagen de esa niña delgada con uniforme plomo de colegio ya no estaba más. Había aumentado de peso en muy poco tiempo y era totalmente consciente de eso. A los 8 años.

Es doloroso para una niña recordar con tanta precisión el momento en que comenzó a ser consciente de su imagen de una manera tan venenosa. Y digo que es doloroso porque eso es precisamente lo que sentí: dolor, inseguridad, amargura. En ese tiempo no lo entendía pero hoy, a mis 25 años, me doy cuenta de todo. Ese fue el día en que comencé a odiarme.

De pronto me encontraba vetando ropa cada vez que salía a comprar algo. Había polos que me quedaban y otros que no porque mis brazos se veían muy gruesos. La licra estaba prohibida porque se pegaba al cuerpo y se notarían los rollitos de la panza. ”Eso no me va a quedar”, pensaba cuando miraba algo que me gustaba. Recuerdo sentirme muy triste, con la decepción de saber que había otras niñas que no tendrían estos problemas.

Y aunque estaba empezando los primeros momentos de un relación tóxica con mi físico, hacer como que no me importaba se convirtió en mi mecanismo de defensa. Traté de construir un escudo tan grande y falso como mi supuesta autoestima. ”¿Mi físico? Me voy a preocupar por eso cuando tenga 15 o 16. Ahora no. Solo soy una niña”.

Nada era verdad. Estaba preocupada. Odiaba verme al espejo y me comparaba con mis compañeras de colegio todo el tiempo. A veces, cuando estaba sola, me tocaba la pequeña panza de niña que se me formaba debajo de mis jeans talla 16.

Con el tiempo –y los años- el problema con mi físico se hizo más grande y más profundo, tanto que se volvió parte de mí. No lo hablaba con nadie. Ya no había necesidad. Aprendí a vivir con eso.

En secundaria, entre los 16 y 17 años, los vestidos para ir a los quinceañeros no me entraban, no había ropa que me sentase, no había nada en mí que me gustara. Pararme al lado de mis amigas era un martirio. Y yo sabía que los chicos del colegio se reían de mí.

Pero los años siguieron pasando y no recuerdo cómo, aunque sea muy irónico que recuerde con tanta claridad el momento en que empecé a odiarme pero no con el que comencé a querer aceptarme, pero a los 20 o 21 años, la imagen que detestaba en el espejo, empezó a gustarme por ratos. Las mujeres tenemos esos momentos.

Nos dicen desde que nacemos y cuando vamos creciendo cómo debemos vernos, qué es lo que nos hace falta, qué debemos perder… nos domestican desde niñas en base a un único modelo de belleza. Y ya está. Lo que sigue es una vida colmada de inseguridad.

Todavía no he aprendido a amarme como soy. Por el contrario, y como leí en un texto de Gabriela Wiener, nadie para despreciarme mejor que yo. Así de crudo. Solo espero que eso vaya cambiando, con la misma fuerza que se defienden causas feministas, defenderme a mi de mi.

 

lamenstruante

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3 comentarios en “El momento en que empecé a odiarme”

  1. Comparto una historia similar pero he aprendido a descolonizar mi cuerpo y mis ideales de belleza. Y cuesta más cuando además de no ser físicamente cómo los mandatos sociales dicen, la experiencia de la maternidad pone más al descubierto ese cuerpo transformado. Por eso es revolucionario que una mujer se ame a sí misma y cuide de si. Abrazos!

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