feminismo

Esto del amor romántico

Descubrí el amor a los siete años. En segundo grado. Lo vi entrar de la mano de la profesora y eso fue todo. Hacía gimnasia, era pálido, de pelo lacio y oscuro y le faltaban dos dientes. Mi alma gemela… el que sería mi primer beso, el padre de mis hijxs.

Lo quise en silencio por cuatro años; hasta que en sexto grado nos hicimos novixs. Un amor verdadero con piquitos, tomadas de mano, llamadas de teléfono público y cine hasta las 8 de la noche que terminó cuando me di cuenta que no podía estancarme, que quería más de la vida, ¿vieron?

Unos meses después, le dije que ya no quería ser su novia un miércoles a la salida del colegio. Y después corrí. La madurez de los 12 años.

Descubrí el amor a los 15 años. Yo alucinaba con ser lacia, flaca y aprobar Matemática. Él ya era un señor de 17. Alto, inteligente, interesante y guapo. No solo tuve con él mis primeros besos apasionados sino también mi primer te quiero y mi primer te amo. Estuvimos juntos por tres años. La mitad de la secundaria y mis primeros semestres de universidad.

¿Qué pasó? Nada. Pasó que crecimos. Pasó que el mundo quizás nos ofrecía más. Nos dio por eso de ‘‘darnos un tiempo’’. Y era verdad. No funciona. Al menos no para nosotrxs. Fue mi primera gran decepción amorosa. Mi mundo se había terminado y solo tenía 19 años.

Descubrí el amor a los 21. Argentino, viajero, auténtico y libre. La noche que lo conocí, hablamos durante cuatro horas seguidas en el Malecón de Miraflores. A la quinta me enamoré. Empezó un viernes y dos días después ya tenía la certeza de que iría con él a donde me pidiese. Y así fue.

No solo tomé un avión hacia Cartagena para celebrar juntxs el año nuevo, sino que un año después, ya de novixs, me subí en otro con destino a Buenos Aires; esa vez con la intención de no regresar. Queríamos intentar un presente sin distancias de por medio.

No lo conseguimos. ¿Qué creían? Regresé a Lima cuatro meses después y terminamos al poco tiempo. Por Skype. La depresión fue intensa y dolorosa. Lloré con la seguridad de que eso había sido todo, no había nadie más para mi. Me rompí en tantos pedazos como kilómetros traté de sortear para estar con él.

No recuerdo tener ninguna relación significativa que no haya terminado en tristeza, ansiedad, baja autoestima y desesperanza. Depresión, pues. Quizás no a los 12 años; pero sí en las dos que vendrían. Hablo de noches interminables. Hablo de sesiones con psicólogas. Hablo de lágrimas confundiéndose con el agua que cae de la ducha. Hablo de golpes desesperados a la almohada cómplice de los pensamientos más destructivos. Hablo de esa sensación de certeza… de que estaba y era sola… que lo sería siempre.

¿Se dieron cuenta? Tengo 26 años y todas mis -pocas- experiencias amorosas han estado marcadas por finales traumáticos, con llantos y mucho pero mucho sufrimiento. La trama solía ser hermosa. Las relaciones mientras duraron, quiero decir; pero los desenlaces no. Es que cuando tú piensas en eso de ‘‘para toda la vida’’ a los 7, 15 o 21, los finales no existen y si llegan, te pegan de golpe… son fracasos imposibles de remar.

¿Puede ser algo cultural? Seguro. Hablo de esas novelas mexicanas y brasileras que veía en las tardes después del colegio. Esa es la educación en el amor que recibimos las latinas (quién sabe cuántas más). Las lágrimas, gritos y dolor es lo normal. ¿De qué me están hablando? ¿El amor no es sacrificio? Qué raro y, sobre todo, qué duro que es salir de esa burbuja…. Porque al final, aunque retorcida, la concepción del amor con la que crecemos nos diseña un esquema, una forma de vida establecida y sobre la que no cuestionamos nada… una forma segura: esto es el amor, así debe ser y así debo actuar.

No es así. Y no es ‘‘el amor’’. Porque, aunque conceptos hay muchos y llegar a un consenso es imposible, lo abstracto e intangible nos hace mucho daño a las mujeres; así que hablemos de lo que es cierto. Eso que llamamos ‘‘amor’’ en esta sociedad, en realidad es un sistema de relaciones de poder contaminadas e injustas. ¿Qué es, entonces, el amor? una ilusión, pues, un cuento, una bendición… ¿pura? Para nada… más bien machista, capitalista y patriarcal… con daños directos para las mujeres que incluyen violencia psicológica y física. Con finales nada felices. En el nombre del ‘‘amor’’, adivinen qué, las mujeres morimos.

Las novelas, canciones, libros y publicidad nos forman para el dolor y todo lo que salga de ese molde se siente raro. Tenemos interiorizada esta forma de amar heteronormativa, machista y violenta que nos pone a hombres, mujeres y diversidades en posiciones jerárquicas: los hombres cazan, las mujeres somos presas y lxs disidentes directamente no existen. La normalización del sufrimiento, de los celos como demostración de amor y de la violencia como canal de desfogue tiene consecuencias peligrosas que empiezan, digamos, con los ‘‘soldados caídos’’ o la ‘‘friendzone’’ cuando una mujer rechaza el cortejo (por decir lo menos) de un hombre.

‘‘Lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mi’’ dice Sabina. ‘‘Ojalá que te mueras’’ corean los Hermanos Yaipén, y así con todos los géneros. Las consecuencias de las que hablaba aumentan y son mucho más sombrías porque las letras de las canciones se cumplen y de la peor manera. Ruth Thalía Sayas. Asesinada por su ex pareja tras revelar detalles íntimos de su relación en señal abierta. Eyvi Ágreda. Quemada por un hombre al que le dijo que no. Y la lista sigue.

Según datos del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP), en 2018 el 71% de feminicidios fue cometido por la pareja o ex pareja, el 61,5% de mujeres ha afrontado violencia psicológica o verbal, el 30,6% violencia física y el 6,5% violencia sexual por parte de su esposo o conviviente, esta última información de acuerdo a la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES). El 2019 pinta terrorífico: En lo que va del año, ya son 25 las mujeres asesinadas. Todo esto, ‘‘en nombre del amor’’.

El adoctrinamiento que recibimos por parte de los medios se materializa en estos ataques y se legitima con la impunidad de nuestros agresores. Y en un sistema patriarcal, podemos todxs ser cómplices a través de la aceptación sin cuestionamiento de este paquete de culpas y justificación de la violencia que es el amor romántico.

Pero, ¿puede este embrollo dar vuelta hacia un final feliz y libre?, que es lo importante. Sí que puede. ¿Cómo? De la misma forma en que nos salvaremos algún día: con el feminismo. Sí que es posible construir un nuevo discurso amoroso. La antrópologa española Coral Herrera, por ejemplo, estudia el amor bajo un enfoque feminista. Plantea que este se desarrolla en base a este sistema machista, capitalista y patriarcal en el que vivimos y construye mitos ligados a ambos males. Esto de la propiedad privada, lo heteronormativo… cómo decía la activista argentina Ofelia Fernández: ‘‘amarás, monogamicamente y heterosexualmente o simplemente no amarás’’, los celos como prueba de amor, las presiones, las peleas, las amenazas, la constante sensación de control… toda esta lista larga es la que representa el amor en estos tiempos.

Probemos integrar a la socialmente aceptada concepción de amor, los matices más puros del feminismo: la tolerancia, el respeto, la libertad, el amor propio, la individualidad, la independencia. Nos iría mejor. La escritora catalana Susana Gómez Nuño plantea que el amor como lo conocemos, es el principal promotor de la subordinación de las mujeres. Y es que es este tipo de amor dicta, como lo hace su machismo adscrito, el ordenamiento de un mundo donde las mujeres somos concebidas como seres netamente emocionales, sin capacidad de razonamiento, sumisas que esperan a ser elegidas. Los hombres, en cambio, tienen la ‘‘cabeza fría’’, pero se les perdona ese que se cree es su ”instinto animal”: son los que andan de casería, eligen a su presa y deben defenderla de miradas ajenas, los que defienden lo es que ‘‘suyo’’.

Estos roles sociales contaminantes del patriarcado se reproducen con preocupante disciplina en el sistema del amor romántico. Cada etapa de este es perjudicial, especialmente para las mujeres. La dependencia emocional que este supone, deriva naturalmente del funcionamiento de este ‘‘amor pasional’’. Y, dentro de esta subordinación, idealizamos, perdemos nuestra identidad, aprendemos que querer significa sufrir y nos hacemos cada vez más esclavxs de un solo modo de afecto.

Entonces, ¿deslindamos de todo esto con el feminismo? La verdad que sí. El feminismo rompe paradigmas, es incómodo y nos obliga a salir de esta matrix en la que vivimos para cuestionarnos todo. Destruir y volver a construir; pero esta vez con herramientas. Como el patriarcado es transversal, enfrentémos todas sus aristas preparadas y rompámoslo; un prejuicio a la vez. Probemos nuevas formas de amar, exploremos el deseo que tanto se nos niega a las mujeres y militemos el amor en libertad. La periodista argentina Luciana Peker llama a la huelga del sentimiento tal como lo conocemos y a empezar la revolución. Amor propio para darlo a otrxs. Sentir y pensar. Amar y ser libre. Estas ideas no son excluyentes. No es como nos enseñaron.

La actriz argentina Virginia Godoy o Señorita Bimbo, como se le conoce mejor, convirtió en lema la frase: Amor o nada. Y no se trata del título de una balada cursi/machista/ochentosa/, mucho menos de una amenaza. Señorita Bimbo resignifica el concepto de amor desde la empatía. Relaciones largas, cortas, casuales, heterosexuales o no, pueden llevarse desde y con el respeto que merecemos. Se puede. Se puede si tratamos de erradicar el egoismo, la posesión y la venganza de nuestras relaciones.

Militar el amor, dije. Transformar desde la libertad, la autenticidad y la individualidad. No es tragedia. No todo es un final de temporada. No todo es definitivo. Permear las diferentes posibilidades y evitar las ataduras puede ser la manera. El amor no es vida o muerte. El amor es más trama que desenlace… un andar que no implica sufrimiento por defecto ni consecuencias fatales.

No es fácil. La deconstrucción significa romper con lo que nos enseñaron y alejarnos de nuestra zona segura. Tres veces creí haber encontrado ‘‘lo definitivo’’. Idealicé, me perdí y dolío. Y aunque atesoro momentos hermosos y conservo lo mejor de cada relación, intentaré no volver a desorientarme. Me comprometo a patear la ilusión romántica y a abrazar el amor ‘‘…igualitario y diverso; ese que no discrimina, que no oprime, que no domina, que no controla, que no humilla, que no lastima. (…) el amor democrático, el que promueve derechos, libertades y respeta la autonomía de las personas’’. [1]

Entonces, ya saben: si nos jala el pelo en el jardín no es porque le gustamos. Si nos cela no es porque nos quiere. Si nos controla no es porque nos necesite. Es hora de parar el adoctrinamiento. Porque ‘‘somos la generación a la que el amor tiene que dejar de dolerle’’ [2]. Porque podemos volver a construir.

 

 

[1] Saludo del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán el 14 de febrero de 2019.
[2] Una de las frases más conocidas y reconocidas de la actriz argentina Virginia Godoy ‘‘Señorita Bimbo’’.
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